Llega de golpe: el corazón se acelera, falta el aire, el pecho se aprieta, te mareas y aparece un miedo enorme, a veces la sensación de que te vas a morir o a perder el control. Y después, aunque pase, queda algo casi peor: el miedo a que vuelva. Empiezas a evitar lugares, a estar pendiente del cuerpo, y la vida se va achicando.
Quiero decirte esto con claridad, porque ayuda saberlo: una crisis de pánico es una “falsa alarma” de tu cuerpo —la respuesta de alerta se activa sin que haya un peligro real—. Es intensísima, pero en sí misma no es peligrosa, y el trastorno de pánico es de los cuadros que mejor responden a la terapia.
Acá vamos a entender juntas qué te pasa y a darte herramientas concretas para que el pánico deje de mandar.
Una crisis de pánico suele aparecer de forma súbita y llegar a su punto máximo en pocos minutos. Puede incluir:
El corazón disparado: palpitaciones o taquicardia, sudoración, temblor.
Falta de aire: sensación de ahogo, opresión o dolor en el pecho.
Mareo y sensaciones diversas: náuseas, hormigueos, escalofríos o sofocos.
Miedo intenso: sensación de irrealidad, de perder el control o de morir.
Y entre crisis, lo que más desgasta: la preocupación anticipatoria (“¿y si me da otra vez?”) y la evitación de lugares o situaciones, que con el tiempo puede ir cerrando tu mundo (eso se llama agorafobia). Si te suena, es justo lo que la terapia trabaja —y con buenos resultados.
El trabajo con crisis de pánico tiene un camino claro y con fuerte evidencia, que adapto a ti dentro de mi enfoque integrativo:
(“me va a dar un infarto”, “voy a perder el control”).
Exposición gradual a las sensaciones temidas para que tu cuerpo aprenda que no son peligrosas y reducir poco a poco la evitación.
Regulación y respiración, mindfulness y herramientas para sostener el momento de crisis.
Empezamos por lo más urgente: entender qué te pasa y darte recursos para las crisis. Desde ahí, vamos enfrentando de forma progresiva y segura lo que hoy evitas.
Es un trabajo activo y respetuoso de tus tiempos; no se trata de exponerte a la fuerza, sino de acompañarte para que recuperes terreno a tu ritmo.